El cuerpo que habitas cuando nadie te mira

El cuerpo que habitas cuando nadie te mira

No voy a hablar del cuerpo ideal.
Relájate. No es eso.

Voy a hablar del cuerpo real.
El tuyo. El mío. El que despierta contigo cada mañana, antes del café y después de todas las decisiones mal tomadas del día anterior.

Ese cuerpo.

El que no posa.
El que no pide likes.
El que no está pensando en si alguien lo va a mirar bien o mal.
El que simplemente está ahí, cargando contigo.

Porque seamos honestos —y aquí empieza la parte incómoda—:
todos decimos que no nos importa el cuerpo… hasta que sí nos importa. Muchísimo.
Decimos que somos libres, que estamos más allá de eso, que ya lo trabajamos. Ajá. Claro.
Y luego pasamos frente al espejo y hacemos ese microajuste automático: espalda recta, panza adentro, cara de “estoy bien”.
Hipocresía cotidiana. Nada grave. Humana.

El problema no es el cuerpo.
El problema es todo lo que le pedimos.

Que sea deseable.
Que sea fuerte.
Que sea joven.
Que sea correcto.
Que no incomode.
Que no diga demasiado.

En el mundo gay, además, el cuerpo suele venir con manual de uso incluido. Se mira, se evalúa, se consume. A veces se admira. A veces se descarta. Rápido. Sin apego. Como si fuera un escaparate más.

Pero hay otro cuerpo.
Uno que no está hecho para exhibirse.
Uno que no necesita explicarse.

Es el cuerpo que habitas cuando nadie te está mirando.
El que se quita la ropa sin espectáculo.
El que se sienta en la cama al final del día y, por cinco segundos, deja de cumplir.

Ese cuerpo casi nunca entra en la conversación.
Y sin embargo, es el único que importa.

Con el tiempo, aprendemos a vivir dentro del cuerpo como quien renta un departamento: sin clavar nada en las paredes, sin mover demasiado los muebles, cuidando no dejar huella. Como si no fuera del todo nuestro. Como si alguien más pudiera llegar a revisar.

Y eso cansa.

Cansa sostener una imagen.
Cansa estar siempre “listo”.
Cansa sentir que incluso a solas hay algo que corregir.

Por eso, en algún momento —y no siempre de forma dramática— aparece una pregunta silenciosa:
¿en qué momento dejé de habitarme?

No es una pregunta intelectual. No se responde leyendo teoría ni viendo videos de autoayuda. Aparece mientras te lavas los dientes. Mientras te cambias de ropa. Mientras caminas desnudo por tu casa y, por un segundo, no estás pensando en nadie más.

Habitar el cuerpo no es amarlo todo el tiempo. Tampoco es celebrarlo. No es un discurso. Es algo mucho más simple y mucho más difícil: estar presente. Dejar de exigirle que sea otra cosa.

Cuando el cuerpo deja de ser escaparate, algo cambia también en el espacio que habitas.

Aquí viene otra verdad incómoda:
el espacio personal es tuyo. De nadie más.
No de tu mamá. No de tus amigos. No del qué dirán.
Tuyo.

Y aun así, muchas veces lo vestimos pensando en otros. Como si la casa también tuviera que portarse bien. Como si el espacio tuviera que ser neutro, correcto, inofensivo.

Pero el espacio, igual que el cuerpo, también se habita.

Lo que colocas en tu casa no es decoración neutra. Son presencias. Son imágenes que te miran de vuelta. Objetos que acompañan. Cosas que ves todos los días, incluso cuando no las miras conscientemente.

Por eso hay imágenes que no están hechas para excitar.
Ni para impresionar.
Ni para provocar una reacción inmediata.

Hay imágenes que hacen otra cosa mucho más interesante: se quedan. Acompañan. Conviven contigo. Te recuerdan, sin decirlo, que no tienes que actuar todo el tiempo.

No se trata de pensar demasiado. De hecho, se trata de lo contrario. De permitirte habitar el cuerpo y el espacio con la misma naturalidad con la que te quitas la ropa al llegar a casa. Sin explicación. Sin disculpa.

Habitar el cuerpo es un gesto cotidiano.
No una meta.
No una versión mejorada de ti.

Sucede en detalles mínimos:
en cómo te miras de reojo en el espejo,
en cómo eliges qué entra a tu casa,
en lo que decides ver todos los días.

Hay cuerpos que no piden aplausos.
No buscan validación.
No quieren ser corregidos.

Solo piden lo mismo que pedimos todos, aunque a veces no lo digamos en voz alta:

Ser habitados.

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